Hace algunos años, tantos que me da vértigo de solo pensarlo, en un tiempo en el que los teléfonos móviles sólo servían para hacer llamadas o enviar algún mensaje acalorado de media noche, cuando tener Internet era sólo cosa de ordenadores, en ese tiempo lejano, allá por los dosmiles, decidí hacer un viaje sola. Tenía veintipocos años y fuí sola a Argentina. La idea era llegar hasta La Patagonia haciendo escala en Buenos Aires. 

¿Una aventura? Sí.

Había conocido a un muchacho patagónico en un viaje y me enamoré. Un amor de esos que te hace subir a un avión, ir hasta el fin del mundo y perseguir una interrogante. ¿Será? 

Pues ahí estaba yo, saliendo del aeropuerto de Ezeiza, sola, con mis ovarios bien puestos y la frente llena de sudor. Un sudor causado por los nervios de ese encuentro y por los cuarenta grados del verano de Buenos Aires. La verdad no sé si eran cuarenta, pero podía sentir como ardían las calles en pleno enero. 

Con un teléfono sin mapas, ni guía, ni las 5 estrellas de Google que me indicaran donde ir, me lancé a las incandescentes calles de BA en búsqueda de algo de comer y beber. La ciudad es hermosa y te quedas alucinado con los edificios, el arte en las calles y con la gente. 

Después de mucho caminar recorriendo la ciudad llegué a un lugar con un letrero que decía: `Empanada + limonada´. El cielo se iluminó, mis ojos se abrieron y mi lengua cayó al suelo como si fuese un dibujo animado imaginando esa limonada fría, helada, congelada.

¡Dos por favor! 

Llegó una empanada maravillosa y a su lado un vaso con un líquido blanco que para nada se parecía a una limonada, por lo menos no a las de mi tierra. La empanada no decepcionó, pero por el contrario, la limonada, muy a mi pesar, fue terrible.

Algo en mí hizo corto circuito. La verdad no sé si la limonada era  mala o simplemente fue que mi cerebro no calzaba lo que veía y sentía con lo que se suponía debía ser. Lo mismo pasó con el amor patagónico. 

El viaje continuó y terminó. Lo mismo pasó con el amor patagónico. 

Mil años después, viviendo en España, me encontré con un regalo en mi balcón. Yo acababa de mudarme y una maceta con un pequeño árbol me daba la bienvenida a mi nuevo hogar: `Es un limonero´, dijo mi suegra. 

¡Qué maravilla! Con lo que me gustan los limones pensé. 

Fui emocionada a verlo y en la ramas del árbol me encuentro unos frutos grandes y amarillos: `Esto no es un limón, es una lima´, dije yo .

Y ahí empezó una discusión sobre lo que es una lima y lo que es un limón, si verde, si amarillo. 

Resulta que lo que en Perú conocemos como limón o ‘limón verde’ en otros países es una lima y lo que en otros países es un limón, en Perú no existe. Si es lima o limón depende del lado del mapa donde lo mires.

Al parecer, esto es algo que todo el mundo conoce y que yo no tenía ni idea. He tenido que venir hasta el otro lado del mundo para descubrir que lo que bebí esa tarde en BA no era limonada tal y como yo la conocía , y que  lo que sentía por aquel muchacho de la Patagonia no era amor, tal y como yo lo esperaba. 

De cualquier forma, he dejado de tomar limonada, ahora prefiero una caña.

Pd: Si quieren hacer una receta peruana y en los ingredientes dice ‘limón’ es una lima.