Me acabo de enterar que tengo 43 años, y no es que me enteré recién porque fuése mi cumpleaños, no. Los cumplí hace varios meses, a inicios del año, pero no los ví.
Llevo años sin celebrar mis cumpleaños, probablemente la última vez que lo celebré aún no tenía las resacas de los cuarenta y desde ahí dejé de contar.
Me enteré esta tarde, mientras comía con amigos.
Entre el salmorejo y el postre alguien me preguntó ¿Cuántos años tienes? y mi cerebro se quedó nulo, sin saber qué responder.
Mientras invocaba a los santos espíritus de los recuerdos olvidados, con los ojos hacia arriba y en blanco, dije 42, pero con un ejercicio y esfuerzo mental de aritmética, sumas y restas, logré despejar la X: 43.
¿Tengo 43? Creo que nunca lo había dicho en voz alta.
Cuando se fueron de casa y me quedé sola, vino a mí otro recuerdo. Los santos espíritus de los recuerdos olvidados son muy potentes y una vez que los invocas te van mandando mini recuerdos el resto del día.
Cuando me mudé a Madrid tenía 34 años. (Aquí cara con mandíbula en el suelo)
34-43
Con esta nueva información empecé a revisar lo que me había pasado en todo este tiempo.
Cuando vine a Madrid, a los 34 años, venía peleada con Lima.
Siempre había tenido una relación de amor odio con mi ciudad (siempre fué más de amor que de odio) pero el último año antes del viaje estaba furiosa, desencantada de mi trabajo, de la rutina, de las noticias, del día a día. Tenía que cambiar, tenía que volar.
El cambio fué lo que necesitaba y más.
¿Extrañas Lima? Me preguntaban y no dudaba en responder: NO.
Cómo extrañar el tráfico, el sonido de las bocinas reventando los oídos de la gente, las paradas de autobuses con 100 personas esperando.
¿Y la comida?
Esto es Madrid, una extensión de Lince (el barrio limeño, no el animal) Aquí encuentras todo o casi todo. Esto lo comprobé a los pocos meses de llegar, cuando entré en un comercio Latino y vi un bote con aceitunas botija en una estantería iluminado con una luz como si se tratase de un milagro. En realidad, no estaba iluminado, el envase tenía un poco de polvo y una etiqueta que decía 7€. Siete veces más que en Lima. Ay ¡pero cómo me gusta este milagro tan caro!
No digo que al inicio todo fuese maravilloso, no. Estaba rompiendo con todo lo que conocía, trabajo, amigos, rutina. Tenía que inventarme una nueva vida y así lo hice.
La distancia y la diferencia de horario hicieron mucho.
En Madrid no tenía amigos peruanos, mi familia más cercana no vive en Perú. Dejé de leer noticias. Con el tiempo, desconecté.
Mi nueva vida se basó en estudiar, trabajar, maternar, volver a trabajar. Y así por 9 años.
Desconecté por completo.
Este año empezó con mi cumpleaños, el inadvertido 43, pero también con la visita de una de mis mejores amigas. En Lima compartimos piso, proyectos y aventuras en diferentes momentos de nuestra vida. Más que una amiga es una compañera, pero la distancia, la diferencia horaria y el día a día hacen mucho y la comunicación ya no era la de siempre. Estábamos desconectadas.
En su visita, caminamos por las calles de Madrid, como lo hacíamos por las de Lima, me contó cómo va su vida. Bebimos en los bares de Madrid, ya no tanto como en los de Lima, le conté cómo va mi vida. Qué fácil es hablar en peruano cuando hablas con otro peruano. Te identificas en el acento, en las palabras, en la risa.
Conectamos.
Ella se fué y yo me quedé aquí, en mi nueva vida, pero lo de caminar juntas se convirtió en algo recurrente, aunque esta vez separadas por casi 9500 km, según Google.
Ella me llama cuando sale del trabajo camino a casa y yo intento descifrar lo que me va contando mientras en el fondo escucho, a través del teléfono, el tráfico, las estridentes bocinas y los cobradores de combi vociferando los diferentes distritos que atraviesan en su ruta. (Sólo si alguna vez estuviste en Perú entenderás esto)
Es extraño, pero a 9500 km y 9 años de distancia, esos sonidos ya no me parecen tan invasivos, me causan mucha gracia y aunque ella no lo ve a través del auricular, yo estoy sonriendo (y alejando el teléfono de la oreja, claro)
De pronto a los 43 empiezo a entender lo que significa tener *morriña.
Moriña alimentada por el algoritmo, que de pronto, como si supiese lo que me está pasando, me inunda con miles de vídeos peruanos llenos de historias de nuevos creadores de contenidos, de mujeres artistas, escritoras, ilustradoras, diseñadoras. Vídeos de nuevos emprendimientos, con imágenes de nuevos lugares por conocer y también de lugares conocidos y muy queridos donde volver.
Historias que me recuerdan que aunque en Madrid puedo encontrar casi de todo, no está la señora Vilma que vende desayunos en el mercado de surquillo, ni los atardeceres frente al mar, ni los ceviches de los sábados. Ni mis amigas.
De pronto a los 43, igual que a los 34, vuelve a ser un año de cambios, de trabajo, de rutina, y me empuja a buscar nueva inspiración. Me hundo en el algoritmo y me dejo llevar por ese caudal de vídeos deseando poder trabajar proyectos con alguno de esos nuevos talentos.
No sé si este deseo se volverá realidad, pero tengo ganas de empezar un nuevo romance con mi ciudad. Por ahora tenemos una relación abierta y a distancia.
Muy moderna, muy de mis 43.
*Morriña: Tristeza o melancolía, especialmente la nostalgia de la tierra natal.

MM Despeinado ( Así me siento )

Karina despeinada ( con 43 años y canas)



