El cordón
Cuando estaba embarazada, en la era pre pandémica, y asistía a los cursos de preparación al parto, nuestra matrona, Rebeca, que por cierto es un ser maravilloso, nos habló sobre los derechos que teníamos para elegir y decidir cómo queríamos que fuera nuestro parto: Un parto respetuoso en el que podíamos elegir, entre otras cosas, si queríamos medicación o no, la postura en la que queríamos parir, la luz, la música que queríamos que nos acompañe y si queríamos podíamos cortar el cordón umbilical.
¡Qué maravilla! Lo de cortar el cordón me pareció tan poético. Este cachorro ha pasado más de 40 semanas en mi tripa, mi vientre es su universo, somos dos en ese universo, él y yo.
Lo siento cuando tiene hipo, a veces cuando come, cuando se mueve y hasta cuando duerme. Él también me siente.
La idea que yo pudiera cortar el cordón me parecía una forma de cerrar una etapa y entregarlo al mundo, a ese universo más allá de mí útero.
¡Qué le den a la poesía! Después de 40 horas de contracciones puedes estar segura que la playlist que tenías preparada, la postura a cuatro patas en la que pensabas parir y el cordón umbilical salen volando de la habitación, lo único que quieres es que salga ese niño de tí. ¡Anda! ¡Sal de una vez!
– Ahí está la cabeza, ¿quiere sentir el pelo?
-¡NO! ¡Sáquelo ya!
En mi parto ideal quería escuchar a Bumbury cantando `enganchado a tí…´ pero en ese momento lo único que pedía era que si estaba enganchado que lo saquen
– Sáquenlo ya!
Lo sacan en tres segundos y al pecho. Que bien se siente ¿serán las drogas? Bendita oxitocina.
Pasa el tiempo y la pandemia y el confinamiento nos obligan a quedarnos en casa, este niño ha pasado de un útero pequeño a uno un poco más grande y con ventanas. Esta vez el universo lo compartimos con Victor.
Pasa el tiempo y el confinamiento termina, aún tenemos miedo pero ya podemos salir de casa y mostrarle qué hay más allá de estas paredes.
Pasa el tiempo y el parque empieza a parecer una buena idea.
– ¡Mamá hay más niños en este universo!
Pasa el tiempo y una guardería empieza a parecer una buena idea.
– Hijo, hay más niños en este universo.
Aparece en nuestro camino una escuela para niños maravillosa. Unai está a punto de cumplir un año, esta es mi oportunidad de cortar el cordón.
La adaptación (Unai)
El año escolar ya había iniciado, de hecho quedaban pocos meses para terminar, pero teníamos la oportunidad de llevarlo a una guarde y decidimos hacerlo. Yo aún no había empezado a trabajar pero ese podría ser el momento ideal para retomar mis proyectos. Parece una buena idea ¿Qué puede salir mal?
Victor y yo acompañamos a Unai en su primer día de adaptación, una hora en la que el peque reconocería el espacio, conocería a su profe y a sus compañeros.
Esa mañana se la pasó muy bien, descubrió que todos los juguetes del mundo cabían en una habitación, y que si se lo proponía podía jugar con todos en menos de una hora. Lo hizo.
A la mañana siguiente una sorpresa le esperaba, Unai se quedaría solo durante una hora, sin papá, ni mamá, ni nadie conocido, sólo él, la profe, sus compañeros y todos los juguetes del mundo.
No hay trato. Cuando se dió cuenta de lo que tramábamos pegó un salto a mis brazos y se echó a llorar. Tuvieron que desprenderlo de mí, despedirnos con una sonrisa congelada como demostrando que todo estaba bien, cerrar la puerta y echar a correr.
Al volver a buscarlo, después de esa hora interminable de abandono, nos recibió llorando igual que cuando lo dejamos. Nos vió, volvió a pegar un salto y esta vez se aferró como diciendo: ¡Esta vez no me soltáis cabrones!
El tercer día fué muy parecido, el cuarto día también, llegó el fin de semana y todo se le olvidó, hasta el lunes que todo volvió a empezar: Llorar, aferrarse, despedirse y correr otra vez.
La adaptación (Karina)
La primera mañana acompañamos a Unai a conocer su cole y a sus compañeros.
Recuerdo entrar en el aula llena de colores y encontrar a la maestra conversando con una mamá. La mujer parecía sacada de una revista, llevaba un vestido corto en campana, unas botas, un abrigo y ¡un bolso de persona adulta! No un bolso con pañales ni bibes, no, un bolso de alguien que va a una reunión de trabajo o a algún evento interesante sin papilla en el menú.
Lo recuerdo al detalle porque no pude evitar imaginar los lugares a los que se iría la mujer luego de dejar a su peque en el cole. Me miré de reojo en el espejo del aula y ví que esa mañana yo llevaba mi uniforme de los últimos meses: Un chándal ancho y probablemente con algún moco pegado en el pecho. Nota mental: quemar todos los chándals que tengo en el armario.
Luego del saludo-despedida cordial, ella se fue y nosotros nos quedamos en lo nuestro, la adaptación. La primera mañana fue genial, luego que el huracán Unai revolviera la habitación completa, ordenamos el desastre y nos fuimos a dar un paseo.
La mañana siguiente teníamos mucha expectativa sobre cómo respondería Unai a quedarse solo. Descubrimos que nuestro hijo independiente y social era de los niños que lloran al dejarlos en el cole y que nosotros éramos de los padres que lo pasan mal. Bueno, que YO era de las madres que lo pasan mal.
Sólo se quedaría una hora, así que lo dejamos y fuimos a un bar cerca de la escuela a desayunar. Entre el café y pan con tomate, se me apretaba el pecho pensando en que había dejado a mi cachorro llorando, con una desconocida, en un lugar que no es suyo …
– ¡Anda, termina el café, que nos debe estar esperando!
Encontramos un niño desconsolado. Los sollozos de esa mañana duraron toda la tarde, incluso durante la siesta se le escuchaba suspirar.
El tercer día, llevamos a Unai y la despedida fue casi peor, parecía que le habían crecido las garras y que estaba dispuesto a agujerear mi camiseta con tal de no desprenderse.
-Perdón hijo, me tengo que ir.
Esa mañana no tenía estómago ni para café ni para pan tumaca. Nos fuimos a un parque donde encontramos a un grupo de jóvenes de entre 70 y 80 años haciendo gimnasia a ritmo de reggaeton.
-¡Qué maravilla! Mujer, esto sí que te tiene que animar.
Nos quedamos en un mirador observando cómo movían las caderas a ritmo de Despacito y meneando los brazos al aire pidiendo más gasolina.
Victor, a mi lado, se había propuesto no parar de hablar, porque si se colaba un momento de silencio yo saltaría con mis angustias de madre que ha abandonado a su niño.
Toda la conversación, o el monólogo, giró en torno a la idea de hacer un canal de Youtube con los abuelos, adultos mayores, mostrando sus pasos de baile. Sería un éxito. Creo que de eso se trataba la idea, porque mientras él hablaba yo sólo escuchaba en mi cabeza ¡Perdón hijo, me tengo que ir, perdón, te tengo que dejar!
¿Por qué me tenía que ir?
Nunca había visto a mi bebé llorar de esa forma, esas lágrimas tan gordas, esa boca tan abierta, esa carita tan roja. Con una súplica en los ojos gritando ¡No me dejes!
Se supone que hacemos de todo para que sea feliz y yo le estaba causando dolor.
¿Por qué tenía que dejarlo?
Para que yo pudiera estudiar, buscar trabajo, para poder iniciar un proyecto propio. Que egoista.
– ¡Anda, termina de soñar, que nos debe estar esperando!
Fuimos a buscarlo, abrazarlo y no soltarlo durante todo el fin de semana.
El periodo de adaptación había terminado, Victor había vuelto al trabajo y ese lunes Unai se debía quedar el horario completo. Nos quedamos dormidos.
Salté de la cama y tuve que hacer todo en cámara rápida: Desayuno, pañal, mochila con merienda, vestir al huracán, bajar el coche por las escaleras y no olvidarme del huracán en casa.
Esa mañana el sol se olvidó que era invierno y yo agradecí los segundos que invertí en ponerme desodorante, atravesamos cuesta arriba el inmenso parque que nos llevaba al cole y llegamos hasta la puerta del aula como si fuera una maratón.
– ¡Aquí estamos!
En la puerta del aula estaba la directora, que al parecer venía a ver cómo va ese niño y esa madre que sufren cada mañana.
– No, si yo no sufro.
Puse pose digna y me despegué del cuerpo al cachorro como si fuese la más superada del mundo.
– Ahí lo dejo.
Dí media vuelta y conté los pasos desde la puerta del aula hasta la puerta de la escuela mientras escuchaba al enano llorar. 18 pasos.
– No mires atrás , no mires atrás , no mires…
Atravesé el inmenso parque de regreso a casa, me senté un momento y respiré.
Esa tarde, al ir a buscarlo, lo encontré en el patio. El sol se había olvidado que era invierno y los niños jugaban al aire libre. Unai estaba jugando con ellos, no lloraba.
Los días fueron pasando y cada mañana al dejarlo, cerraba la puerta y contaba los pasos como medida de cuánto lloraba. 18 ,17 ,15,10…2 pasos.
Llegó la mañana en que bastaba cerrar la puerta del aula para que Unai dejara de llorar.
Cada día la maestra nos contaba las cosas que hacían juntos, cómo era con sus compañeros, las canciones que cantaban, ordenaba los juguetes antes de salir al patio, cómo él, cuando estaba cansado, se sentaba en una hamaca y se dormía ¡sólo!
– ¿En serio? Esto en casa nunca lo ha hecho
¿Será que todas esas lágrimas habían servido de algo?
Pues sí, tenía que dejarlo para que conozca a otros niños, para que aprenda a manejar su frustración, para que aprenda cosas que yo no le he enseñado, para que juegue, para que comparta, para que crezca.
Las mañanas se volvieron mejores, yo en casa podía dedicarme a trabajar y él en la escuela podía dedicarse a crecer.
Los últimos días, antes del fin de curso pude hablar con la madre que ví el primer día, ella había tenido que incorporarse al trabajo pronto, no tuvo tiempo para pensarlo mucho, tuvo que dejar a su cachorro antes de tiempo, quitarse el chándal y subirse a unas botas para enfrentarse al mundo de los adultos.
– Te tienes que volver inmune a las lágrimas, es la única forma de llevarlo.
No pude evitar pensar en todas las madres que se tienen que separar de sus bebés cuando aún son pequeños, seis, cuatro, tres meses. Yo tuve la oportunidad de pasar un año con él, en casa, jugando a volar tumbados en el suelo del salón, a cantar, enseñándole a comer y a caminar.
Yo me había hecho una telenovela por causa de la separación, ellas no tuvieron opción.
La adaptación (Victor)
Victor acababa de iniciar en un nuevo trabajo y cuadró los horarios para estar con nosotros la primera semana de adaptación.
El primer día estuvimos los tres en el aula, el segundo día se dedicó a alimentarme y animarme, el tercer día se dedicó a alimentarme,animarme y a hablar sin descanso. ¿Estábamos viviendo el mismo momento? ¿De dónde saca tanta energía?
– Vic ¿Tú no lo estás pasando mal?
– Claro que sí, pero es lo que me toca. Yo tuve que dejarlos en casa cuando Unai tenía 4 semanas, tenía que volver al curro, me obligaron a enfrentarme al desapego pronto. Tú has pasado un año completo pegada a él, a mí me toca ayudarte a pasar ese momento de la mejor forma.
Los siguientes días se dedicó a alimentarnos,animarnos y abrazarnos.
El año escolar terminó y lejos quedaron las lágrimas de esos primeros días y contar los pasos hasta la puerta de salida. La maestra de Unai se reunió con nosotros y nos contó todo el progreso que había visto en el niño en las semanas que habían pasado juntos. Al final sí que habíamos tomado una buena decisión. Ahora nos tocaba disfrutar las vacaciones.
Hoy inicia un nuevo año escolar, hoy nos enfrentamos a un cole nuevo, hoy Victor lleva a su hijo a la semana de adaptación. Prepara la ropa, la mochila y se van caminando a conocer a sus compañeros.
Hoy Victor tiene la oportunidad de cortar el cordón y a mí me toca acompañarlo, animarlo, alimentarlo y abrazarlo.
Pd 1: Mi compañero se llama Victor, pero el tuyo puede llamarse mamá, papá, abuela, abuelo, amiga, amigo, vecina,vecino. Y si quieres vivir esta experiencia sóla: Óle tú. Tú eliges quien quieres que te acompañe en el camino y con quién quieres compartirlo.
Pd 2: No he quemado los chándals, son muy cómodos.





Natalia
Me encantó!! Cómo cada cosa que escribes! Me pegue desde el principio hasta el final, gracias Kari!!! Dale con todo que eres una capa!! Te quiero y abrazo fuerte 💛💛💛
niidea
Mil gracias por tomarte el tiempo y leerme. Me ayuda muchísimo saber que puedo volar con mis historias y llegar hasta donde estás. Abrazo!!!
Ana
Guau! Precioso!
Muy identificada con esos sentimientos!
El pellizco en el corazón al tener que darte la vuelta y salir de la escuela es brutal!
Un beso enorme