Hoy intentaba explicar a Víctor lo del episodio `color puerta´ en Perú: Hace algunos años, una joven estudiante, de una universidad privada limeña, publicó un tweet a un alumno de una universidad pública al que, entre otras cosas, le decía: ´En mi universidad no entra gente como tú, color puerta´
Quiero pensar que esta joven al decir `color puerta´ se refería al marrón color madera, porque si se refería al color puerta de las casas en Grecia o a las de los pueblos de Cuzco, esta chica estaba hablando con un ser azul pitufo o con algún tipo de alienígena y ese tweet hubiera sido un bombazo por la noticia del contacto y no por su racismo. Pero no, su razonamiento se quedó en el de escuelita: La puerta se hace de madera – la madera viene del árbol – el tronco del árbol es marrón y tu cara y tu piel son de color marrón puerta. Chusma.
Buscando información para poder explicar a mi chico sobre este tema encontré este artículo de Gabriela Wiener con el que me sentí muy identificada y que me obligó a recordar que de niña no me gustaba mostrar ni mis codos ni mis rodillas porque eran oscuras y pensaba que parecían sucias. No sé si fue porque alguien me lo hizo notar o porque así lo sentí. Algunas veces sí que estaban sucias, era una niña y me gustaba jugar en el suelo, sobre la tierra, en el jardín o donde sea, era algo normal ¿No? Pasaron los años, me volví adulta, olvidé jugar en el suelo y también olvidé el color de mis codos y rodillas.
Olvidé
Las olvidé, hasta que una tarde en Madrid, tuve que correr para no perder el autobús. Cuando subí, el chofer me miró y dijo: ´Todos sois iguales´.
¿Todos sois iguales? Me quedé con la pregunta en la cabeza, ¿todos sois iguales?¿las personas?¿la humanidad? Miré hacia el suelo como si allí pudiera encontrar una respuesta, y en el camino al suelo miré mis rodillas.
También volví a mirarlas la tarde que un policía encubierto me paró en la boca del metro para pedirme mis documentos. Las miré una vez más el día que una dependienta en una farmacia, molesta por algún motivo me dijo: `Todos vosotros sois iguales´
¿Todos vosotros sois iguales? Esa vez me quedé con la pregunta en la garganta. ¿A qué se refería? ¿A quiénes se refería? Fui ensayando mil réplicas hasta llegar a mi portal, aguantando las lágrimas en cada paso, apurando cada paso para llegar a casa, cerrar la puerta y volver a olvidar.
Tiempo después, una tarde, entre risas con amigos descubrí que a los Latinoamericanos en España nos dicen `panchitos´ y no entendía porqué hasta que me dijeron que al cacahuete o maní que es pequeño, redondo y marrón le dicen panchito. Así nos ven. No importa de qué parte de Latinoamérica seas, todos estamos en el mismo empaque.
Entonces recordé algo que también he aprendido aquí: Aprópiate del insulto, hazlo tuyo. Volví a mirar mis rodillas: ¡Soy una panchita! sonreí y me abracé.
Cuando somos niños y empezamos a dibujar nos enseñan que el `color piel´ es el rosa o el naranja color salmón. ¿Color Salmón? Sólo si eres Trump. ¿Imaginas si nos enseñaran que la escala cromática de la piel es mucho más real y variada que eso? Marfil, cobre, bronce, oliva, ébano… un hermoso pantone de historia y cultura.
Antes de vivir en España no había pensado en el pantone de la piel, llegué a este país hace poco más de cinco años y en ese tiempo he tenido estos tres episodios `marrones´, pero esos han sido lo menos. En contraparte, he hecho amigos de culturas y países que jamás hubiera imaginado, he recibido cientos de abrazos, besos pre y pos pandémicos, he rozado, apretado, incluso alguna vez mordido, pieles distintas a la mía. Todos esos momentos han sido lo más.
Ya no olvido.
Vuelvo a mirar mis codos buscando ubicarme en esa escala cromática, y sí, soy color marrón puerta de madera, también soy blanca porque tengo vitiligo, a veces roja por la dermatitis, y soy cobre o bronce según la temporada del año.
Vuelvo a mirar mis rodillas ¡Soy panchita! Panchi para los amigos, pequeña, redonda y marrón, y salada porque nací junto al mar y soy muy dulce si me quieres confitar.
Hoy, además, soy madre, madre de un mestizo. Su piel es pálida y la mía oscura. Me lo recuerdan de cuando en vez en el parque o en la calle cuando se acercan y me repiten lo mucho que se parece a su padre. Yo sonrío con los ojos y saco la lengua tras la mascarilla. La verdad es que sí que se parece el cabrón. ¡Qué pálido es!
Pero piel es piel y la suya y la mía se mezclan, se unen y se confunden.
Con él vuelvo a ser niña, disfruto otra vez de jugar sentados en el suelo, con los codos y rodillas enterrados en el jardín y ensuciándonos hasta el pelo.
Y él sabrá que aunque es pálido también es marrón, y que el rosa y el salmón puede usarlos para dibujar pero que en esa paleta hay muchos más colores para pintar y retratar.
Creo que ahora puedo explicar a Victor lo del episodio ¨color puerta¨ pero nunca podré explicar el `POR QUÉ´
Yo no sé en qué escala cromática se auto ubicaría la joven de aquel tweet, pero sí sé que con su insulto racista y clasista nos ha regalado (sin querer) el poder tomar su insulto y hacerlo nuestro. Somos panchitos, somos marrones, somos color puerta.
Pd: (Actualización) Hemos pasado el primer invierno pálido y ahora que estamos en pleno verano, Unai ya muestra sus tonalidades marrones/bronce.





